Encontró estas bolitas de pelo en su granero… y el veterinario le contó la verdad

A la mañana siguiente, la tormenta había convertido el mundo exterior en un desierto blanco e inmóvil, pero en el interior, la granja parecía más cálida que nunca. Fiona se sentó en la alfombra y levantó con cuidado al más pequeño de los tres, una bola de pelo plateado que parecía sorprendentemente pesada y sólida para su tamaño. «Necesitas un nombre», murmuró, acunando al gatito contra su jersey. Cuando el gatito la miró, Fiona sintió una oleada de puro afecto. Era innegablemente hermoso, con una cara que parecía más expresiva que la de cualquier otro gato que hubiera tenido. Su pelaje era increíblemente denso y suave, y sus ojos grandes y redondos la observaban con una mirada tranquila y firme que le parecía extraordinariamente conmovedora.


Los gatitos estaban demostrando ser los huéspedes mejor educados que habían recibido nunca. No arañaban los muebles ni trepaban por las cortinas, sino que se movían por la casa a su propio ritmo, a menudo siguiendo a John y Fiona de una habitación a otra como sombras silenciosas y esponjosas. John observaba desde la puerta cómo los otros dos gatitos se sentaban pacientemente junto a sus botas, esperando a que se moviera. «Tienen mucha personalidad, ¿verdad?», dijo, con una sonrisa poco habitual en su barba. Fiona levantó la vista, con los ojos brillantes. «John, mira qué amables son. Ya se sienten como en casa. ¿Crees… que podríamos quedárnoslos?» John se arrodilló para rascar a uno detrás de sus orejas anchas y bajas, sintiendo la suave vibración de su satisfacción. «No veo por qué no», respondió. «Parece que nos han elegido a nosotros»