La clínica era un borrón de luces fluorescentes y gritos. Nada más cruzar la puerta, un equipo de técnicos les esperaba con una camilla. John y Fiona fueron conducidos a la pequeña y estéril sala de espera, las pesadas puertas dobles de Urgencias se cerraron tras los gatitos. El silencio que siguió fue ensordecedor. Se sentaron en las sillas de plástico, con los abrigos aún goteando agua en el suelo, mirando el reloj de la pared.
A través de la pequeña ventana de la puerta, podían ver al personal moviéndose con frenética precisión. Alguien hablaba por auriculares, ladrando coordenadas a una unidad regional de rescate de animales, mientras otro técnico introducía un tanque presurizado. El aire de la sala de espera parecía burlón en su calidez y quietud. Fiona agarró la mano de John con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Habían hecho todo lo posible -arriesgar sus vidas en el hielo y luchar contra los elementos- y ahora se veían reducidos a espectadores. Lo único que podían hacer era observar el caos amortiguado de Urgencias y rezar para que los gatitos que habían rescatado no estuvieran a punto de desaparecer para siempre.