Cuando el Dr. Aris irrumpió por fin por la puerta del guardabarros, tenía el abrigo cubierto de aguanieve helada y la cara enrojecida por el viento. «Los ventisqueros tienen metro y medio de altura cerca del arroyo», jadeó, dejando caer la bolsa y corriendo hacia los gatitos. No perdió el tiempo con cumplidos. Se arrodilló sobre el frío linóleo y presionó con el estetoscopio el espeso y húmedo pelaje. Mientras escuchaba, su ceño se frunció en una profunda y preocupada confusión. Comprobó sus redondas pupilas y el singular conjunto de sus orejas, y sus manos empezaron a moverse con una velocidad frenética y clínica.
«¿Cómo dijiste exactamente que las habías encontrado, John?» Preguntó Aris, con voz baja y tensa. No parecía un hombre que tuviera un diagnóstico; parecía un hombre que contemplaba una imposibilidad biológica. Buscó en su bolsa una máscara de oxígeno portátil, pero no cabía en sus anchos y planos hocicos. «He visto muchas cosas en treinta años, pero esto…» Se detuvo, sacudiendo la cabeza como para despejarla. No explicó lo que sospechaba, pero su tono cambió a una urgencia que provocó un escalofrío en la sala. «No podemos tratar esto aquí. Ni siquiera sé si mi clínica tiene lo que necesitan, pero tenemos que intentarlo. Si no nos movemos en los próximos cinco minutos, sus corazones van a fallar»