Encontró estas bolitas de pelo en su granero… y el veterinario le contó la verdad

A medida que avanzaba la noche, la preocupación inicial se convirtió en un terror frío y agudo. Los gatitos ya no se movían. En un intento desesperado y confuso por ayudarlos, John y Fiona los habían trasladado del sótano al cuarto de barro, pero nada de lo que hacían parecía cambiar las cosas. Los gatitos yacían desparramados sobre el frío linóleo, con sus pequeños pechos agitados en una lucha rítmica y desesperada que sonaba como el desgarro de un pergamino mojado. Fiona se arrodilló junto a ellos, con las manos sobre su pelaje, temblorosa. «John, no sé qué está pasando», susurró, con la voz entrecortada. «¿Se están ahogando? ¿Es la comida? Intentó abrir suavemente la boca del más pequeño para comprobar si había alguna obstrucción, pero no había nada, sólo ese aterrador y entrecortado jadeo en busca de aire.


John no contestó; ya estaba al teléfono, con la voz convertida en un gruñido frenético mientras rogaba al veterinario local que acudiera. «¡No me importan las carreteras, Doc! Iré a buscarte en el tractor si hace falta. No llegarán hasta el amanecer» Colgó y se arrodilló junto a Fiona, con el rostro pálido a la tenue luz del cuarto de barro. Se sentía completamente impotente. Se había pasado la vida arreglando cosas en la granja, pero no podía arreglar esto. Los gatitos no respondían a sus caricias, su pelaje plateado se sentía húmedo y pesado bajo sus palmas. Estaban viendo cómo tres vidas se apagaban en una casa que se suponía que era un santuario, y el desconocimiento era la parte más cruel de todo.