Empezó en silencio. Milo empezó a esperar cerca del comedero cada mañana, mucho antes de que los demás se acercaran. No por comida. Por él. Arjun se dio cuenta antes que nadie. El pequeño mono se sentaba allí, quieto y paciente, observando la entrada con una intensidad que no encajaba con la habitual energía inquieta del recinto.
«Pequeño extraño», había murmurado una vez uno de los cuidadores. Arjun no estaba en desacuerdo. Pero entendía algo que ellos no. Milo no estaba inquieto. Estaba eligiendo. La primera vez que ocurrió, Arjun se había agachado cerca de la barrera, extendiendo la mano lentamente. Milo dudó. Sólo un instante.
Luego se acercó. Con cuidado. Deliberado. Con confianza. A la semana siguiente, esa vacilación había desaparecido. Milo se subía a la barandilla baja, luego al brazo de Arjun y finalmente se acomodaba en su hombro como si fuera su sitio. Sin pánico. Sin forcejear. Sólo tranquilidad. A los visitantes les encantaba. Se reunían rápidamente cada vez que ocurría. Teléfonos fuera. Sonrisas de oreja a oreja. Para ellos, era un espectáculo.
Algo raro. Algo encantador. Pero para Arjun, era algo totalmente diferente. Porque cada vez que Milo lo elegía estaba eligiendo no volver.