Los bagres gigantes no son, por naturaleza, materia de mitos. Son lentos, viven en el fondo y son muy reservados. Pero un siglo de crecimiento ininterrumpido en un lago frío, profundo y acústicamente inusual había dado lugar a algo que, según cualquier criterio razonable, era extraordinario. Los pulsos acústicos que Nadia había estado grabando no eran aleatorios, sino un sistema de comunicación desarrollado, transmitido entre individuos y perfeccionado a lo largo de décadas de uso.
Los avistamientos en la superficie tenían ahora todo el sentido. Los bagres suben ocasionalmente, especialmente en la oscuridad, para alimentarse en la superficie o para calentarse brevemente en las aguas poco profundas más cálidas. Un bagre de cinco metros que sale a la superficie al amanecer, visto desde la distancia, se curva como una serpiente marina y desaparece como tal. El profundo arco dorsal, la ausencia de aletas visibles en un avistamiento fugaz, la enorme envergadura… todo ello coincidía exactamente con lo que Nadia había visto.
El monstruo era real. Solo que no era un monstruo.