Llamaron a una científica para que explicara los extraños ruidos del lago… y entonces hizo este escalofriante descubrimiento…

Nadia tardó otra semana en completar el panorama, cotejando las imágenes del sonar, el análisis de sedimentos y tres años de registros de temperatura del agua de las boyas de monitorización de la Fundación. Cuando todo encajó, resultaba tan coherente y tan inesperado que se quedó contemplándolo toda una tarde antes de creerlo.

El lago Sìtheil albergaba una población de siluros gigantes europeos que llevaba allí, aislada, entre ochenta y ciento veinte años. Alguien, en algún momento ya olvidado, había introducido una pareja reproductora. La inusual profundidad de la fosa y su temperatura constante les habían permitido crecer sin límites naturales. Los ejemplares más grandes, según estimó a partir de los datos del sonar, medían entre cuatro y cinco metros y medio de largo.

Eran viejos. Eran enormes. Y habían aprendido, a lo largo de generaciones de aislamiento, a utilizar las propiedades acústicas particulares del lago para comunicarse a lo largo de toda su extensión.