Aterrorizada por la seguridad de Max, Chloe bloqueó inmediatamente la puerta para perros, atrancándola con una pesada caja de madera y asegurando todos los pestillos de las ventanas de la casa. Se convenció a sí misma de que Max simplemente aún no estaba acostumbrado a estar en casa y que ese deambular nocturno no era más que una fase de su periodo de adaptación. Pero aquella noche, su teoría se hizo añicos.
En el momento en que Max se dio cuenta de que su vía de escape estaba completamente cortada, su actitud tranquila se esfumó. Se puso increíblemente irritado, dando vueltas por el perímetro de la habitación como una bestia enjaulada. Empezó a gemir con una intensidad cruda y desesperada, mientras sus largas y pesadas garras arañaban sin tregua el marco de la puerta principal, desgarrando profundamente la madera.
Esos arañazos frenéticos y rítmicos despertaban a Chloe cada hora, llenando la silenciosa casa de una tensión angustiosa. Max no actuaba por agresividad; parecía un gigante atrapado que suplicaba que salvaran a alguien que estaba fuera. Angustiada y profundamente asustada por su repentino cambio psicológico, Chloe se dio cuenta de que necesitaba ayuda profesional.