Incapaz de dar marcha atrás, Mark cogió el martillo. Quitó lo suficiente de los ladrillos revestidos de plomo para revelar una puerta de acero reforzado con un pequeño ojo de buey de cristal grueso. Temblorosa, Sarah limpió el polvo del cristal y se asomó al interior. No era una cámara funeraria ni un espacio de arrastre. Era un laboratorio hermético perfectamente conservado y congelado en el tiempo. Cuadrantes de latón, vasos de cristal y una extraña maquinaria de cobre llenaban la pequeña habitación, todo ello cubierto por una fina capa de polvo luminoso.
Cuando el silbido metálico se hizo más fuerte y se dieron cuenta de lo que había detrás de la puerta de acero, Mark no perdió ni un segundo más. Agarró a Sarah y a Luna, subió las escaleras y cerró de un portazo la puerta del vestíbulo antes de marcar el 911 con dedos temblorosos. Se esforzó por explicar la situación a la operadora -mencionando la habitación oculta, el extraño polvo brillante y el rítmico golpeteo mecánico- con la voz entrecortada por una mezcla de adrenalina y pavor. «No es un robo», balbuceó, «es… Creo que es un laboratorio. Hay una fuga»