Cuando hablamos con ella, ya lo había probado casi todo. No casualmente. No una o dos veces. Como es debido. Diferentes champús para diferentes problemas. Acondicionadores que prometían reparación, volumen y brillo, a veces todo a la vez. Mascarillas capilares que se dejaba más tiempo del recomendado, por si acaso marcaban la diferencia. «En algún momento, dejas de esperar resultados», dice. Porque a su pelo no le pasaba nada.
Sólo que nunca se sentía como debía. Demasiado seco una semana. Ligeramente encrespado la siguiente. Manejable durante un día, luego volvía a la misma resistencia al cepillarlo. No estaba tan mal como para alarmarse, pero tampoco estaba del todo bien. Y cada nuevo producto venía con la misma esperanza. Quizá este lo solucione. En realidad, nunca lo hacía. Así que cuando una amiga mencionó casualmente algo completamente diferente -sin marcas, sin frascos- no reaccionó como cabría esperar. Se rió.
Porque, comparado con todo lo que ya había probado, sonaba demasiado sencillo como para tomárselo en serio. Y, sin embargo, se le quedó grabado más tiempo que cualquier recomendación de producto.