Un gato no dejaba de mirar la puerta del sótano de su nueva casa: pensaron que eran ratones, pero la verdad era peor..

Armado con un mazo y un sentido de la necesidad sombrío, Mark regresó a casa. Sarah y él decidieron que no podían vivir una noche más sin saber qué había detrás de aquella pared. Contrataron a un contratista local, un hombre rudo llamado Elias que había visto de todo en sus treinta años de construcción. Se rió cuando le hablaron del gato, pero su sonrisa se desvaneció en cuanto entró en el sótano. «El aire está mal aquí abajo», murmuró, poniéndose las gafas.

Cuando los primeros golpes fuertes cayeron sobre los ladrillos, la pared no se desmoronó como la mampostería normal. Se agrietó en láminas grandes y dentadas, revelando una capa de revestimiento de plomo oculta tras la arcilla. Al tercer golpe, Elias se detuvo en seco y el martillo quedó inerte en su mano. Un rítmico clack-hiss mecánico resonó en el hueco, como el latido de un corazón moribundo. «No volveré a tocar eso», dijo Elias, con el rostro pálido. «No se pone plomo en la pared de un sótano… Aquí hay algo muy malo…»