Casi pasamos de largo. Al principio, parecía el tipo de barco que lleva años allí, quieto, tranquilo, ligeramente fuera de lugar entre los más nuevos que lo rodean. De los que supones que ya nadie usa. Pero había algo que no encajaba. Había pequeños detalles que no encajaban con esa idea. Una silla colocada ordenadamente en la cubierta. Una suave luz visible a través de una de las ventanas. Incluso la madera no parecía abandonada, parecía… trabajada.
Fue entonces cuando se abrió la puerta. Una mujer joven salió, como si fuera lo más normal del mundo. Notó nuestras miradas intrigadas y sonrió, casi divertida. «Sí», dijo antes de que pudiéramos preguntar. «Vivo aquí» No había vacilación en su voz. No dio explicaciones por adelantado. Una simple afirmación. Unos minutos más tarde, subimos al barco con cuidado al principio, inseguros de lo que íbamos a ver.
Porque desde fuera no parecía gran cosa, no era un hogar. Pero en cuanto entramos, quedó claro. No era algo temporal. Se había construido para durar.