Un gato no dejaba de mirar la puerta del sótano de su nueva casa: pensaron que eran ratones, pero la verdad era peor..

La respuesta fue más rápida de lo que esperaban. En menos de diez minutos, la tranquila calle suburbana se inundó con el rítmico estroboscópico de luces azules y rojas. No eran patrullas de policía normales. Hombres con pesados trajes color carbón salieron de furgonetas sin identificación, llevando contadores Geiger que empezaron a parlotear histéricamente en cuanto pisaron el porche. Uno de los técnicos, con la voz apagada tras un grueso respirador, condujo a Mark y Sarah hasta el final del camino de entrada. «Tuvisteis suerte de que el gato os mantuviera alejados de esa puerta», dijo, con los ojos muy abiertos tras la visera.

El descenso al sótano parecía una escena de una película de ciencia ficción. El equipo especializado se movía con una precisión lenta y calculada, y sus pesadas botas golpeaban rítmicamente las escaleras de madera que antes habían parecido tan corrientes. Incluso desde la entrada, Sarah y Mark podían oír un tintineo metálico y sordo. El equipo trató cada centímetro del sótano como un posible campo de minas, comprobando la integridad estructural del techo y controlando el oxígeno. Fue una visión aleccionadora que hizo que la pareja se diera cuenta de que su nueva casa había sido una bomba de relojería, y que la precisión de los expertos era lo único que se interponía entre su vecindario y un desastre silencioso e invisible.