Sarah bajó las escaleras de madera, cada peldaño quejándose bajo su peso. Mark la seguía de cerca, empuñando una pesada linterna. El haz de luz atravesó la oscuridad, iluminando el polvoriento suelo de cemento y las pilas de cajas que aún no habían movido. En el rincón más alejado y oscuro del sótano, por fin vieron un destello de pelaje. Luna estaba arrinconada, con el cuerpo apretado contra una sección de los cimientos de ladrillo que parecía extrañamente más nueva que el resto de la pared.
Ya no se limitaba a mirar; estaba siseando activamente a la mampostería. Cuando Sarah se arrodilló para agarrarla, sintió una extraña sensación en los dientes: un zumbido de baja frecuencia que parecía emanar de la propia pared. Los ladrillos parecían calientes al tacto, lo que no tenía sentido en un sótano húmedo y sin calefacción. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que una débil mancha verdosa rezumaba a través de la argamasa y brillaba ligeramente en la oscuridad.