La tensión se rompió por fin un martes. Mark había instalado un pestillo de latón muy resistente en la puerta del sótano, más para aliviar los nervios de Sarah que por verdadero temor a lo que pudiera haber más allá. Sin embargo, a las 3:14 de la madrugada, un fuerte crujido metálico resonó en toda la casa, despertando a ambos al instante. El sonido fue seguido por un crujido largo y lento que parecía vibrar a través del propio colchón. Con el corazón martilleándole, Sarah cogió su teléfono para alumbrarse y salió al pasillo.
La puerta del sótano estaba abierta de par en par, con el nuevo pestillo arrancado de cuajo de sus tornillos como si lo hubiera empujado una fuerza inmensa y constante desde el otro lado. Luna no estaba por ninguna parte. «¿Luna?» Susurró Sarah, con voz temblorosa. No hubo ningún maullido como respuesta, sólo la pesada y fría corriente de aire que subía desde las escaleras. El aire olía diferente ahora: espeso, metálico y extrañamente dulce, como una habitación de hospital que no se hubiera ventilado en décadas.