Decididos a zanjar el asunto, la pareja decidió pasar a la acción. Compraron las trampas humanas más caras del mercado, las esparcieron por el suelo del sótano y las cebaron con mantequilla de cacahuete y galletas. Mark se pasó toda la tarde sellando pequeñas grietas en las tablas del suelo, convencido de que un simple problema de plagas era la causa de la angustia de Luna. Esperaron el chasquido revelador de una trampa, pero las noches permanecieron en silencio, salvo por el rítmico y sordo ruido sordo que provenía de debajo de sus pies.
La tarde siguiente llamaron a un exterminador para que diera su opinión. Pasó dos horas en el sótano con una lámpara de alta potencia y una cámara térmica, comprobando cada viga y cada esquina. Salió más confuso que cuando llegó, quitándose las telarañas del mono y frunciendo el ceño. «Os seré sincero», les dijo, mirando nerviosamente a Luna. «No hay ni un solo goterón, nido o alambre masticado en todo este sótano. Es el sótano más limpio que he visto en veinte años. Sea lo que sea lo que está mirando tu gato, no es un roedor»