«Ha encontrado al comité de bienvenida», rió Mark, apoyándose en el marco de la puerta. Supuso que una familia de ratones de campo se había instalado en el sótano para pasar el invierno, o quizá una ardilla callejera había encontrado un hueco en los cimientos. Era la explicación más lógica para la repentina obsesión de un gato. Intentaron disuadir a Luna con un juguete de plumas y un cuenco de atún fresco, pero siguió siendo una centinela peluda que se negaba a perder de vista la puerta del sótano.
A medida que avanzaba la semana, la fase de racionalización se hizo más tensa. Mark achacó los «arañazos» a los cimientos que se estaban asentando o al viento que silbaba a través de las viejas rejillas de ventilación. Sarah intentó convencerse de que Luna simplemente se estaba adaptando al nuevo entorno. Pero el comportamiento de la gata se volvió más errático; dejó de acicalarse y empezó a silbar cada vez que Mark se acercaba al sótano para comprobar la caja de fusibles. La casa parecía menos un santuario y más un rompecabezas al que le faltaba una pieza.