Un gato no dejaba de mirar la puerta del sótano de su nueva casa: pensaron que eran ratones, pero la verdad era peor..

Mudarse a la finca victoriana de Willow Creek debía ser la culminación de años de sacrificio. Para Mark y Sarah, las tablas del suelo que crujían, los techos altos y las vidrieras de colores eran encantadoras peculiaridades de una época pasada, no señales de alarma. Pasaron su primera tarde brindando con champán en medio de un mar de cajas de cartón, soñando con las cenas y fiestas que celebrarían en este gran espacio histórico. Incluso Luna, su gato atigrado, parecía disfrutar de los amplios pasillos soleados de la segunda planta.

Sin embargo, a la tercera noche, el encanto empezó a desvanecerse. La casa estaba inquietantemente silenciosa por la noche, salvo por el gemido ocasional de la madera. Mientras la pareja desempaquetaba las últimas cajas de la cocina, se dieron cuenta de que Luna estaba perfectamente quieta en el estrecho pasillo. No estaba persiguiendo sombras ni suplicando su habitual golosina nocturna; estaba congelada en una pose escultural, con sus ojos esmeralda clavados en la pesada puerta de roble que conducía al sótano. Era una mirada intensa y depredadora que ninguno de los dos había visto antes.