El sonido de «arañazo» por fin tenía explicación. Un fuelle mecánico primitivo -un sistema de ventilación diseñado para funcionar con una polea lastrada de liberación lenta- seguía resollando después de ochenta años, intentando hacer circular el aire por una habitación que había sido tapiada y olvidada. Era una obra maestra de ingeniería ilícita, pero cuando Sarah miró más de cerca los botes etiquetados con iconos de calaveras y tibias cruzadas, se dio cuenta de que los «fuelles» en realidad estaban filtrando un gas concentrado e inodoro en su casa.
Lo peor de la verdad no era el monstruo ni el crimen. Era la «sala del radio», un lugar privado e ilegal donde se llevaron a cabo los primeros experimentos con radiación. El Dr. Thorne no sólo había sido físico; había estado obsesionado con la energía perpetua, y había dejado tras de sí varios compuestos químicos inestables y brillantes que llevaban décadas degradándose lentamente. El sistema mecánico, destinado a contener las toxinas, estaba fallando, provocando la «ionización» que Luna había estado percibiendo.