Mara regresó al mirador del cañón, con los expedientes de pruebas esparcidos sobre el salpicadero de su camioneta. La historia estaba escrita en los márgenes de la tragedia. Elías había sorprendido a Harlan en pleno robo de la tumba. Había intentado detenerlo. Durante el enfrentamiento, o tal vez a causa de los golpes imprudentes de Harlan con el martillo, el techo inestable se derrumbó. Harlan, más cerca de la salida, salió a toda prisa a la cámara exterior, arrebatándole a Elias su cuaderno y arrancando la página que lo identificaba antes de huir hacia el desierto. Dejó a Elias atrapado tras un muro de toneladas de piedra caliza desprendida.
Elias no había muerto en el acto. Atrapado en la oscuridad total, sin su mochila, su linterna ni su cuaderno, se había arrastrado hasta el rincón más recóndito de la cueva, con la esperanza de encontrar una corriente de aire. Un segundo derrumbe debió de haberlo sellado en lo más profundo de la montaña, donde sus restos quedaron a salvo, fuera del alcance de la maquinaria moderna, formando para siempre parte del cañón que murió protegiendo.
Pero antes de que la oscuridad se lo llevara, aún tenía su anillo de boda, una hebilla metálica y un rayo de luz. Mara volvió a bajar a la cámara por última vez para leer la última línea de la pared bajo la potente luz forense. Debajo de las iniciales E.G., las palabras borrosas y rayadas se hicieron por fin legibles: Anna, intenté volver a casa.