A los 83 años, encontró una cuerda en el desván. No estaba preparada para lo que llevaba atado..

El sobre no iba dirigido a nadie. Sin nombre. Ni fecha. Sólo un pequeño rectángulo de papel marrón, sellado con cera del color del burdeos viejo. Edna se sentó en un baúl cercano -lentamente, como exigían sus viejas rodillas- y le dio la vuelta entre las manos. El sello de cera tenía una pequeña huella impresa. Lo inclinó hacia la luz de la antorcha y entrecerró los ojos.

Un pájaro. Una golondrina, pensó. Alas desplegadas, en pleno vuelo. Ella había visto esa imagen antes. Estaba casi segura. Pero, ¿dónde? Se quedó un momento con la pregunta, dejándola vagar por los rincones de su memoria como se deja un nombre en la punta de la lengua. Ya llegaría. Normalmente lo hacía, si ella no lo perseguía.

Guardó el sobre con cuidado en el bolsillo delantero de su rebeca, recogió la cuerda sobre un brazo y regresó a la escotilla. El ático podía esperar. La tetera no. Y Lily llegaría en cualquier momento..