A la mañana siguiente, Leo y Chloe condujeron en silencio hasta la remota casa de Evelyn. La pesada caja de seguridad de terciopelo reposaba en el espacio entre sus asientos como una bomba de relojería. Las manos de Leo temblaban sobre el volante al entrar en el camino de grava.
Cuando entraron y colocaron la caja sobre la mesa de madera, Evelyn los recibió con su cálida sonrisa habitual. Pero en cuanto Leo deslizó el informe policial de 1965 por la mesa, junto a las joyas, la temperatura de la habitación pareció bajar hasta el punto de congelación.
Evelyn no lloró. Ni siquiera lo negó. En lugar de eso, la dulce y frágil fachada de anciana desapareció por completo, sustituida por una mueca fría y amarga que Leo nunca había visto antes. «Se lo merecían. No tuvieron piedad de mí cuando trabajaba para ellos, ¿verdad?» Susurró Evelyn con maldad, mirando directamente a Chloe.