La mayoría de los fotógrafos deciden cuándo pulsar el disparador. Eligen el encuadre, esperan la luz y deciden lo que importa. Grizzler no hizo nada de eso. Era un perro y, en un experimento poco habitual, su corazón tomó la decisión por él. Se le colocó una cámara en el pecho conectada a un monitor de frecuencia cardiaca, de modo que cada vez que su pulso subía de repente, la cámara tomaba una foto.
El proyecto se llamaba Heartography, y al principio la idea sonaba casi como un divertido truco publicitario. Pero los resultados fueron más conmovedores de lo que nadie esperaba. En lugar de imágenes cuidadosamente compuestas, Grizzler creó un registro de lo que realmente le emocionaba. Sus fotos eran a veces bajas, torcidas, borrosas o con encuadres extraños, pero eso era exactamente lo que las hacía sentir honestas.
A través de su objetivo, el mundo se volvía más sencillo y revelador. Los otros animales, los comederos, los trozos de hierba, las sandalias, los juguetes y los rincones tranquilos al aire libre cobraban importancia. No eran las cosas que un fotógrafo humano se detendría necesariamente a capturar. Eran las cosas que hacían saltar el corazón de un perro.