Hace tres semanas, más o menos cuando José empezó a hacer esta nueva ruta, el misterio del «centinela de la parada de autobús» comenzó durante un aguacero otoñal especialmente brutal. José vio por primera vez al perro temblando bajo el escaso abrigo del voladizo de plexiglás. En aquel momento, pensó que el animal no era más que un vagabundo que buscaba cobijo del diluvio, tal vez atraído por el calor de los motores al ralentí que frecuentaban la esquina.
Incluso había tirado un trozo de su bocadillo de jamón por la ventana, esperando que el animal saliera corriendo hacia la comida. Pero el perro no le había dedicado ni una sola mirada. Sus ojos ambarinos permanecían fijos en el horizonte, observando la calle por donde aparecían los autobuses procedentes del centro de la ciudad. Era una mirada de profunda expectación, que hacía que el bocadillo se sintiera como un insulto. José se había marchado aquel día con la persistente sensación de haber presenciado algo privado.