Unos padres llamaron a la policía por el perro de su familia, hasta que un agente se percató de un escalofriante detalle

El agente retiró la tapa de la rejilla de ventilación con un agudo ruido metálico e iluminó el oscuro y polvoriento conducto con su potente linterna. «Aquí no hay nada», murmuró, pasando el haz de luz de un lado a otro. «No hay pelaje ni excrementos, sólo una tubería limpia» Se volvió hacia su compañero, dispuesto a sugerir que llamaran a control de animales para que se llevaran al perro. Estaba convencido de que Mark tenía razón: Duke se había vuelto loco. Pero su compañero no estaba mirando el conducto de ventilación, sino a Duke.


El perro había dejado de ladrar de repente. Estaba sentado, inmóvil, mirando fijamente el agujero abierto en la pared con una expresión hueca y atormentada. «Míralo», susurró el segundo oficial. «No está cazando. Está temblando» Mark se quedó de pie junto a la cuna, con las manos sobre la cara, explicando que ya no sabía qué hacer. «Intentaba romper esa ventana para salir, pero luego se daba la vuelta y me chasqueaba la lengua», dijo Mark, señalando el cristal agrietado.


Fue entonces cuando el segundo agente notó una sensación leve y extraña, un mareo que hacía que la habitación pareciera dar vueltas.