El ruido de los cristales al romperse fue la gota que colmó el vaso. Mark subió corriendo las escaleras, con el corazón martilleándole las costillas, y se encontró con una escena de caos absoluto. Duke, su otrora manso labrador, se abalanzaba sobre la ventana de la guardería con una ferocidad que desafiaba la razón. Sarah estaba de pie en la puerta, agarrándose la garganta, con sus gritos casi ahogados por los ladridos guturales y frenéticos de Duke. Para cualquier observador, parecía una tragedia doméstica en ciernes: una mascota leal convertida en depredador, un hogar convertido en campo de batalla.
Cuando la policía llegó minutos después, la voz de Mark era un susurro desgarrado al describir la «psicosis» del perro Observó desde la entrada cómo los agentes entraban en la casa con el equipo preparado y sintió que le invadía una oleada de dolor. Estaba seguro de que el perro al que querían -al que habían criado desde cachorro- había perdido la cabeza de forma inexplicable. Pero a medida que las sirenas se desvanecían en el fondo, el aire seguía cargado de un secreto para el que nadie estaba preparado.
La familia estaba a unos minutos de un descubrimiento que cambiaría para siempre el significado de la palabra «vicioso».