Cada respiración del animal era un trabajo inmenso y visible. Su caja torácica se tensaba violentamente contra su piel con cada jadeo. No estaba cazando. Ni siquiera miraba hacia la persiana. Sus ojos ámbar, que normalmente brillaban con una inteligencia intensa y aterradora, estaban vidriosos por una película opaca y lechosa de conmoción. El tigre dio un paso más, pesado y arrastrado, hacia el claro abierto, con sus enormes patas temblando visiblemente bajo su propio peso. Entonces, sus patas delanteras se doblaron por completo. El rey de la selva, que pesaba más de 400 kilos, se desplomó de lado en el suelo, a pocos metros de la pared de lona, soltando un resoplido sordo y traqueteante.
Dentro de la tienda, el pánico inicial de Paul desapareció. Fue sustituido por una terrible comprensión: estaba viendo cómo el rey supremo de la selva perdía completamente su poder. Las normas del parque nacional eran claras: los humanos no interfieren con la naturaleza. Si un animal es herido por un rival, el dosel debe seguir su curso. Pero mirando aquel vientre distendido, las tripas de Deen insistían en que esto no era obra de la selva.