Para entender cómo un vuelo de larga distancia rutinario se convirtió en una partida de ajedrez psicológica en el cielo, hay que retroceder dos horas hasta la puerta de embarque del JFK. La terminal era un mar caótico de viajeros retrasados, pero Leo se movía por aquel caos con el paso lento y experto de alguien que prácticamente vivía en el cielo.
Leo viajaba como «deadhead» —término de la aviación que designa a un miembro de la tripulación fuera de servicio que viaja como pasajero para reubicarse de cara a su próximo vuelo en servicio activo—. Acababa de completar una agotadora secuencia de vuelos de catorce horas desde Tokio y se dirigía de vuelta a su hogar en Londres. Debido a su antigüedad en la empresa, el sistema automatizado de reservas de la aerolínea le había asignado su joya de la corona: la flamante y experimental «Sky-Suite» de primera clase, en los asientos 1A y 1B. No había pedido ese lujo, pero le correspondía automáticamente por su rango.
No tenía el aspecto ni de un viajero de élite ni de un piloto de alto rango: vestía una sudadera gris desgastada con capucha, vaqueros descoloridos y llevaba con tranquila naturalidad una única bolsa de viaje maltrecha. De pie cerca de la fila de embarque prioritario, se fijó primero en la pareja que trataba con el agente de la puerta de embarque con discreta eficiencia. El hombre explicaba, con voz baja y profundamente preocupada, que su frágil esposa padecía una delicada afección médica que requería un embarque anticipado. Beatrice fingió desmayarse justo en el momento oportuno, y el agente, nervioso, les hizo pasar con naturalidad por delante de los treinta pasajeros que esperaban.