La tercera noche, ni siquiera pudo fingir que estaba dormida. Se quedó tumbada con la mirada fija en el techo porque, a la 1:52 de la madrugada, el ruido había vuelto. Esta vez no era un roce, sino un desplazamiento claro, como si se moviera un peso, ese crujido característico de algo pesado que se asienta sobre una superficie que no está diseñada para soportarlo.
«¿Quién está ahí fuera?», susurró con la garganta seca. Seguía sonando como si viniera de justo más allá del salón. En un momento dado, percibió un olor tenue que se colaba desde esa dirección: algo parecido al sudor rancio, que no era del todo suyo, ni tampoco algo que pudiera identificar. «¿Hay alguien ahí?», gritó más fuerte, pero el piso permaneció en un silencio sepulcral.
Pensó en levantarse y pegar la oreja a la puerta, cerca de la alfombra, pero el terror la paralizó. Un instinto profundo le decía que, fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo ese ruido, se detendría en cuanto ella se moviera, y ella quería respuestas. Cuando el ruido no volvió a oírse, por fin se durmió; a la luz del día, el ruido parecía más débil, lo suficientemente soportable como para que siguiera sin llamar a la policía.