A la mañana siguiente, la leche del cartón estaba notablemente más baja en la puerta de la nevera de lo que recordaba haberla dejado. Yelena frunció el ceño al verlo y luego centró su atención en la bolsa de pan que había sobre la encimera. Faltaban cuatro rebanadas y el cierre de alambre estaba vuelto a atar con un nudo desordenado y torcido.
«Yo no lo ato así», murmuró, sintiendo cómo un nudo de inquietud se le formaba en el estómago. Se quedó de pie en la cocina en calcetines, repasando mentalmente lo ocurrido la noche anterior. No se había levantado. De eso estaba segura, más o menos. Se había acostado a las once, había dormido hasta que sonó el despertador y ni siquiera había ido al baño. Pero la caja no mentía, y tampoco el pan que faltaba.
«¿Ahora como mientras duermo? Genial», bromeó sin mucha convicción para sí misma. Se sirvió unos cereales, se los comió de pie junto a la encimera y decidió que simplemente había perdido la cuenta de la compra. Era algo sin importancia como para no darle más vueltas… hasta aquella tarde, cuando abrió la nevera y, instintivamente, contó los huevos que quedaban, comprobándolo dos veces porque ya había empezado a dudar profundamente de su propia cordura.