Encontraron a un anciano que llevaba cinco años sin hablar susurrando en el bosque por la noche. Cuando el personal lo siguió, se quedaron conmovidos hasta las lágrimas.

Rama tras rama golpeaba la cara de Kelly mientras se abrían paso a duras penas entre la espesa maleza. Era una situación de pesadilla: un anciano frágil y sin memoria, expuesto a una lluvia helada, completamente solo. Si se caía o se daba un golpe en la cabeza, la hipotermia se instalaría en cuestión de minutos. Buscaron durante veinte agotadores minutos, adentrándose en la naturaleza más de lo que ningún residente había hecho jamás. 


Justo cuando la esperanza de Kelly empezaba a desvanecerse y a convertirse en puro pánico, un sonido atravesó el rugido de la tormenta. No era un gemido. Era un grito. «¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Por favor!». Kelly y Marcus intercambiaron una mirada de puro terror. La voz sonaba áspera, desesperada y llena de un pánico agonizante y primitivo. «¡Está herido!», gritó Marcus, acelerando el paso y corriendo a toda velocidad por el barro espeso. «¡Sigue la voz!».


Supusieron lo peor: que el anciano se había tropezado, se había roto un hueso o yacía tirado en el frío. No podían perderlo de vista. Tenían que llegar hasta él a tiempo.