Arthur Michaels se quedó mirando la pantalla agrietada de su smartphone, con el pulgar suspendido sobre el botón «Rechazar». Eran las 19:45 de un martes lluvioso, una de esas tardes en las que el frío húmedo se te mete directamente en los huesos. Como uno de los agentes inmobiliarios más exitosos de la ciudad, su tiempo se facturaba en valiosos intervalos.
El correo electrónico que tenía en la bandeja de entrada procedía de una mujer de 82 años llamada Marian Woodard. El asunto decía simplemente: «Anuncio inmobiliario — 142 Willow Lane».
No fue la dirección lo que hizo que Arthur soltara una carcajada; fue el precio de venta solicitado: 2,2 millones de dólares. Willow Lane era un acogedor rincón de clase trabajadora en las afueras, lleno de bungalós de la posguerra, donde la venta más cara de los últimos tres años había sido de 245 000 dólares. Arthur envió una respuesta educada con comparativas de mercado rigurosas, con la esperanza de que eso pusiera fin al asunto.