Kelly se quedó paralizada, con el aliento atascado en la garganta. Era la voz de John Doe: áspera y quebrada por años de inactividad total. Estaba de pie cerca del borde del espeso bosque, susurrando en la oscuridad. Ella dio un paso lento y silencioso hacia delante, con el corazón martilleándole contra las costillas. ¿Estaba sufriendo un colapso psicológico?
Dado su historial médico desconocido y su amnesia profunda, una regresión repentina no era descartable. «¿John?», llamó en voz baja. «Hace un frío que pela. Entremos». Él no se dio la vuelta. Se limitó a seguir mirando fijamente hacia la línea de árboles. De repente, la maleza seca crujió. Kelly contuvo el aliento al ver un movimiento fugaz: una silueta oscura que corría entre los matorrales y desaparecía en la oscuridad del bosque. Quienquiera que fuera, era rápido, y se esfumó antes de que el haz de luz de su linterna pudiera alcanzarlo.
El anciano se giró por fin, con los ojos huecos y ausentes. No le dijo nada a Kelly. Simplemente dejó que ella lo guiara con delicadeza de vuelta al interior, con las manos temblando violentamente.