Al chocar contra algo que había bajo tierra, su excavadora de 40 toneladas se movió; lo que había congelado en su interior dejó a todo el mundo sin palabras.

Decidida a descubrir qué se escondía bajo la armadura de tungsteno, la empresa constructora trajo una grúa industrial para izar la misteriosa roca y colocarla sobre un camión de plataforma. El equipo enrolló gruesos cables de acero de alta resistencia alrededor del centro de la pesada roca. El motor de la grúa se esforzó al máximo, y los cables se tensaron mientras la roca se elevaba lentamente del suelo. Se elevó un pie. Dos pies. Tres pies.


Sin previo aviso, un sonido agudo, como el disparo de un rifle, resonó por todo el cañón. Uno de los cables de acero principales se rompió bajo aquel peso inmenso y antinatural. La roca se estrelló de nuevo contra la tierra compacta del claro. El violento impacto aprovechó una falla geológica natural que atravesaba directamente la corteza de tungsteno. Con un estruendoatronador , la pesada capa metálica exterior se partió limpiamente por la mitad, como una nuez gigante. Los trabajadores se abalanzaron hacia delante; el chapoteo de sus botas al golpear la tierra húmeda dio paso a un grito ahogado colectivo.


Al separarse las dos mitades de tungsteno, dejaron al descubierto un interior impecable, brillante y negro azabache que relucía como un espejo oscuro bajo el sol.