Elías permaneció pegado a la tierra húmeda, observando el trabajo de los hombres con creciente temor. Sabía que tenía que escabullirse para llegar a un terreno más elevado y encontrar una señal, pero el ternero, perturbado por la visión de los extraños maltratando a su madre, estaba fuera de su control. Lanzó un chillido agudo y penetrante que atravesó el claro como una sirena, y su pequeño cuerpo comenzó a tensarse para una carga.
Elías sabía que si el ternero salía corriendo ahora, sería capturado o herido al instante. Corrió hacia delante y alargó la mano para agarrar al animal por el flanco y arrastrarlo de vuelta a la seguridad de la maleza. Se movió tan silenciosamente como pudo, pero en su precipitación, su bota se enganchó en un tronco seco y hueco. El crujido fue como un disparo en el silencioso claro.
El ternero se zafó de su agarre, pero el ruido ya había hecho daño. El líder giró la cabeza hacia la espesura. No miró al ternero; miró exactamente hacia donde estaba agachado Elías. Elías se levantó, sabiendo que ahora estaba totalmente expuesto. Los hombres se congelaron y volvieron sus frías y depredadoras miradas hacia él, con sus intenciones claras. El elemento sorpresa había desaparecido.