El sonido no era el viento ni un depredador. Era un pesado motor diésel. Un camión utilitario reforzado se abría paso a través de la densa maleza y sus neumáticos aplastaban árboles jóvenes y ramas con un crujido repugnante. Elías se zambulló en la espesura, arrastrando consigo a la pequeña cría, presa del pánico.
Observó desde las sombras cómo salían tres hombres. Eran profesionales, vestían equipo táctico utilitario y llevaban cabrestantes, cuerdas y eslingas de lona muy resistentes. Se movían con rapidez y eficacia, con rostros curtidos por la experiencia. No se trataba de una cacería, sino de un atraco frío y calculado.
El líder, un hombre con una cicatriz irregular en la mandíbula, señaló a la madre rinoceronte y ladró una orden. Elías se quedó clavado en el suelo, aguantando la respiración mientras los hombres empezaban a montar un pesado cabrestante en una acacia cercana. Estaba desarmado, su radio era inútil y le superaban en número. Con una sacudida de terror, se dio cuenta de que no estaban aquí para matar, sino para llevarse a la madre con vida.