El veterinario dijo que su perra se pondría bien… Pero luego, en la clínica de urgencias, descubrieron esta aterradora verdad…

Copper entró en la vida de Rachel seis meses después de que se formalizara su divorcio. No tenía pensado hacerse con un perro. Una amiga le había enviado una foto de una camada de labradores —dorados, gorditos, ridículos— y Rachel había conducido hasta el criador a la mañana siguiente sin pensárselo dos veces. Eligió al que se dirigió directamente hacia ella y se sentó en su pie.

Cuando Copper cumplió tres años, ya había llenado su piso de una forma que la sorprendió. Su cama ocupaba la mitad del salón. Sus juguetes estaban por todas partes. Organizaba sus mañanas en función de sus paseos y sus tardes en función de su cena. Sus amigosledecían que se había convertido en una de esas personas a las que les encantan los perros. Ella no les llevaba la contraria.

Encontró la clínica del Dr. Harmon gracias a un vecino que llevaba años acudiendo allí. Estaba a quince minutos en coche, era limpia y estaba bien gestionada. El doctor Harmon era tranquilo y metódico. Recordaba el nombre de Copper sin necesidad de consultar el expediente. Rachel confió en él desde la primera visita y nunca tuvo motivos para cuestionar esa confianza, al menos durante cuatro años.