El viento era ya un peso físico sobre los hombros de John mientras se dirigía hacia el granero principal. Su mente repasaba una lista de comprobación: las ovejas apiñadas en los corrales inferiores, el viejo caballo de arado, Buster, que necesitaba una capa extra de cama, y el pestillo de la puerta norte que tendía a soltarse. Para John, el ganado no era sólo un activo, sino una responsabilidad que estaba por encima de su propia comodidad. Se movía por el establo con una intensidad concentrada, echando paja fresca y comprobando los calentadores de agua. Justo cuando estaba a punto de dar por terminada la noche, vio un destello de movimiento cerca del silo de grano. Era un borrón gris, bajo en el suelo e increíblemente rápido, que desapareció detrás de una pila de madera podrida.
«Malditas ratas», murmuró John, cogiendo una pesada pala apoyada contra la pared. Lo último que necesitaba durante una helada era un nido de roedores masticando el pienso de invierno y anidando en el aislante. Se movió en silencio, rodeando la pila de madera con la paciencia de un leñador. Vio con el rabillo del ojo un movimiento del pelaje plateado y dio un paso adelante, con la pala en alto, dispuesto a expulsar al intruso al frío.
Pero al apartar una tabla suelta, la «rata» no se escabulló. En su lugar, un pequeño y agudo chillido surgió de las sombras. John bajó la pala al instante, con el corazón hundido por una repentina oleada de culpabilidad. Metidos en un hueco de lana y heno desechados había tres gatitos temblorosos. Eran diminutos, apenas más grandes que la palma de su mano, con un pelaje tan espeso que parecía terciopelo gris. «Sólo son bebés», respiró, y la tensión abandonó su cuerpo.
Le miraron con ojos muy abiertos y curiosos, acurrucados contra la creciente corriente de aire. John los recogió, los metió en el abrigo de su parka y se dirigió hacia la casa.