Un niño desaparece en un bosque helado. Horas después, su padre oye un extraño sonido de golpecitos

Cuanto más subían, más se resistía el terreno. La montaña era un laberinto de barrancos ocultos y hielo resbaladizo. Mathew se cayó dos veces y se despellejó las palmas de las manos contra la roca helada, pero no sintió dolor. Su mente estaba fija en una sola imagen: Mike con su fina chaqueta polar azul, tiritando en algún lugar en la oscuridad, preguntándose por qué su padre aún no había venido a buscarle.

En la casa, el garaje se había convertido en un centro de mando. Mathew sabía que Angela se pasearía por el suelo de cemento con los ojos pegados a la radio. Cada vez que crepitaba la estática, se sobresaltaba. Los vecinos que no estaban buscando llevaban termos de café y mantas, y su silenciosa presencia era un frágil muro contra su creciente pánico.