El lago era profundo, mucho más de lo que ella había supuesto inicialmente. El lago también era único porque se encontraba directamente sobre una falla geotérmica subterránea, lo que creaba una anomalía de agua cálida y rica en nutrientes a gran profundidad bajo la superficie helada. Esto explicaba cómo podía prosperar la vida, pero no qué tipo de vida era.
Los mapas topográficos situaban la cuenca central a más de trescientos metros, una fosa de paredes escarpadas excavada en el lecho rocoso por un glaciar desaparecido hace mucho tiempo. Nadia bajó hidrófonos hasta ciento cincuenta metros en su primer día y captó, casi de inmediato, el pulso del que había hablado la Fundación.
Era grave —alrededor de dieciocho hercios, el límite del oído humano— y no era constante. Se producía en ráfagas, separadas por silencios que duraban entre cuarenta minutos y varias horas. No había un patrón evidente. Pero era dirigido. El sonido tenía estructura, forma. Le recordaba, de forma inquietante, a los chasquidos de los biosonares que había pasado años grabando en mar abierto.