El archivo de la Fundación contenía ochenta años de avistamientos documentados: una colección desordenada y sincera de declaraciones de testigos, bocetos de formas y fotografías granuladas en las que las siluetas podían ser cualquier cosa. Nadia pasó una tarde lluviosa en la oficina de correos revisándolos, y lo que le llamó la atención no fueron los avistamientos del monstruo. Fueron los que no lo eran.
En 1961, un pastor informó de una serie de grandes olas que se movían de forma coordinada por la superficie del lago. Contó al menos tres perturbaciones distintas, todas moviéndose juntas. En 2004, una piragüista escribió que había visto lo que parecía «una bandada de formas muy grandes justo debajo de la superficie, moviéndose como pájaros». Un pescador jubilado había presentado su relato con una disculpa: «Sé cómo suena», y luego describió algo que salió a la superficie, lo miró y volvió a sumergirse.
Nadia separó estos relatos del resto y los apiló cuidadosamente a un lado.