Los movimientos del intruso eran extraños. Junto con el traqueteo de sus platos, empezó a oír un golpeteo rítmico y pesado contra las tablas del suelo. Golpe. Golpe. Golpe. Sonaba pesado y deliberado, como si alguien golpeara violentamente la madera. Sarah dejó de arrastrarse y sus rodillas se clavaron en la alfombra. ¿Por qué iba a hacer tanto ruido un ladrón?
Un pensamiento escalofriante la asaltó. ¿Intentaban abrir una tabla del suelo? Tal vez el intruso buscaba algo oculto, movido por una urgencia desesperada. Estaba claro que no les importaba quién estaba en la casa con ellos; fuera lo que fuera lo que buscaban, necesitaban encontrarlo inmediatamente, y estaban dispuestos a destrozar la cocina para conseguirlo.
La aterradora ambigüedad de la situación no hizo sino aumentar su pánico. Se dio cuenta de que no podía correr a ciegas hacia las escaleras sin saber exactamente hacia dónde se dirigía el intruso. Cambió de dirección y se dirigió lentamente hacia la entrada de la cocina para ver mejor, respirando lenta y pausadamente para acallar el sonido acelerado de su propio pulso.