Sarah se acercó sigilosamente al marco de la puerta de la cocina, impulsada por una desesperada necesidad de respuestas. Inclinó la cabeza centímetro a centímetro, intentando captar un reflejo en la puerta de acero inoxidable del microondas o un atisbo a través de los estrechos huecos de los armarios. Nada. Todos los ángulos que comprobó mostraban una habitación vacía, pero el frenético revolver y los fuertes golpes persistían justo fuera de su vista. Dio otro paso angustioso hacia delante, agarrando con la mano el marco de madera de la puerta para mantener el equilibrio. Crujido.
Una tabla del suelo gimió bajo su peso. Al instante, cesó el bullicio en el interior de la cocina. Toda la casa se sumió en un silencio asfixiante y sepulcral. Era aterradoramente evidente: quienquiera que estuviera dentro de la cocina la había oído.
El silencio se hizo pesado y denso. Parecía como si el intruso estuviera al otro lado de la pared, conteniendo la respiración, a la espera de su próximo movimiento. Sarah se quedó paralizada, con la respiración entrecortada en el pecho, esperando a que una figura amenazadora doblara por fin la esquina y se enfrentara a ella.