Apoyó la espalda en el sofá, paralizada por la indecisión. El teléfono estaba sobre la mesita, fuera de su alcance. ¿Debía lanzarse a por él y llamar al 911? ¿O salir corriendo hacia la puerta? Antes de que pudiera decidirse, un golpesordo y fuerte resonó en la cocina: el sonido inconfundible de un gran peso cayendo desde la encimera hasta el suelo de linóleo. Al instante le siguió el agudo y agonizante estallido de un plato de cerámica.
Ya no se podía negar la realidad. Un intruso estaba a pocos metros de ella. Haciendo acopio de todo el valor que poseía, Sarah empezó a arrastrarse lentamente por el suelo. Necesitaba llegar al pasillo, a las escaleras, donde podría encerrarse en el dormitorio principal. Mientras se movía, el ruido caótico de la cocina se reanudó con una extraña intensidad. Era un agresivo repiqueteo de ollas y un frenético rebuscar en los cajones de la despensa.