Este caballo no dejaba de abrazarla y los médicos descubrieron algo aterrador

Jolene se tumbó en la cama, intentando ponerse cómoda. El dolor sordo de espalda no había desaparecido, pero tampoco había empeorado. Fuera oía la voz de Ricky. Baja. Firme. «Tranquila… oye, tranquila…» Keola respondió arrastrando los pies con inquietud. Otro sonido agudo. Jolene cerró los ojos un momento y cogió el teléfono.


Tecleó lentamente, buscando página tras página. Molestias en la espalda. Presión. Malestar. La mayoría de lo que leía decía lo mismo. Normal. Común durante el embarazo. Nada de lo que preocuparse. Jolene exhaló, dejando escapar parte de la tensión.

«Ves…» murmuró para sí misma. «No es nada» Otro sonido del exterior. Esta vez más fuerte. Hizo una pausa, escuchando mientras Ricky intentaba de nuevo calmar a Keola. Jolene dejó el teléfono a un lado y se puso de lado, tratando de ignorarlo.


Intentando descansar. Cuando la puerta principal volvió a abrirse, el cielo ya había empezado a oscurecerse. «Hola», llamó suavemente una voz familiar. La hermana de Ricky había llegado.