Este caballo no dejaba de abrazarla y los médicos descubrieron algo aterrador

Aquella tarde, Jolene no se sentía del todo bien. No fue nada brusco. Nada repentino. Simplemente… raro. Una pesadez sorda se instaló en su espalda, lo suficiente para hacerla moverse incómoda en su asiento. Se levantó despacio, apoyando una mano en la parte baja de la espalda. «¿Rick?», gritó, dirigiéndose hacia la puerta. Antes de que pudiera alcanzarla, un sonido interrumpió el silencio.


Fuerte. Urgente. Jolene se volvió. Keola corría hacia la casa. No deambulaba. No paseando. Corría. El caballo aminoró la marcha a medida que se acercaba, pero no se detuvo. Soltó un relincho agudo e inquieto, uno que Jolene no había oído antes.

«Eh… ¿qué pasa?» Jolene frunció el ceño. Keola se acercó, inquieta, cambiando de peso. Otro ruido. Esta vez más fuerte. Jolene dudó… y luego sacudió ligeramente la cabeza. «No es nada», murmuró, volviéndose hacia la casa. Dentro, Ricky levantó la vista inmediatamente.


«No me encuentro muy bien», admitió. Su expresión cambió. «Voy a llamar a mi hermana», dijo rápidamente. «Sólo para estar seguros»