Este caballo no dejaba de abrazarla y los médicos descubrieron algo aterrador

Aquella tarde, Jolene se tomó su tiempo para caminar por el borde de la granja. El aire parecía más ligero estos días. Más tranquilo. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba dándole vueltas a todo. Las citas, la espera, la incertidumbre… todo había quedado atrás. Habían encontrado un médico de confianza. Alguien que estaba al tanto de todo.


Alguien que no complicara las cosas. Exhaló suavemente, dejando que ese pensamiento se asentara. Fue entonces cuando se fijó en Keola. El caballo se acercaba desde el otro lado del campo, despacio, con paso firme y sin prisas. Jolene sonrió. «Hola, chica…» Sin pensárselo, apoyó ligeramente una mano sobre su estómago. «¿Ya me estás cuidando?», murmuró.

Keola se detuvo frente a ella. Durante un segundo, no ocurrió nada. Entonces el caballo bajó la cabeza. Y dio un codazo hacia delante. Una vez. Luego otra vez. Esta vez con más fuerza. Jolene se estremeció ligeramente, dando un paso atrás. «Eh, tranquila…» Keola no siguió. Se quedó allí de pie. Quieta.


Jolene se frotó el estómago, frunciendo el ceño. Aquello… no había parecido nada. Se dio la vuelta y volvió a entrar, el momento se prolongó más de lo que esperaba.