Esta abuela se venga de la fruta robada: el ladrón recibió justicia poética

Los tres grandes jueces -entre ellos el anciano y digno alcalde de la ciudad y un crítico culinario notoriamente estricto- tomaron asiento en la mesa de degustación. Por sorteo, decidieron probar primero la tarta de Beatrice. El crítico cortó un hermoso trozo y destacó la perfecta consistencia del relleno de fruta. Los tres jueces cogieron sus tenedores, dieron un enorme y entusiasta mordisco y empezaron a masticar. Durante tres segundos, hubo un silencio absoluto. Entonces, llegó el caos.


Los ojos del alcalde se abrieron de repente como platos y su rostro adquirió un violento y aterrador tono carmesí. El crítico culinario soltó un grito ahogado, dejó caer el tenedor y se agarró la garganta mientras le corrían lágrimas involuntarias por la cara. El tercer juez cogió frenéticamente una pesada jarra de cristal con agua, la volcó e inundó las hojas de puntuación. Los tres hombres empezaron a toser, a resollar y a abanicarse violentamente la boca en una agonía absoluta. El pánico se apoderó del público. Arthur y Beatrice corrieron hacia la mesa gritando: «¿Qué pasa? ¿Qué le habéis puesto?»