La reacción inicial de Mary fue práctica: supuso que se trataba de un mapache astuto, un ciervo extraviado o una bandada de pájaros migratorios. Desesperada por proteger lo que quedaba de su cosecha competidora, vació su presupuesto semanal de comestibles en elementos disuasorios estándar para animales. Instaló un búho espantapájaros de plástico con ojos reflectantes, colgó tiras de cinta Mylar brillante que crujían con el viento y cubrió la parte inferior del tronco con un espray orgánico para depredadores de mal olor.
Sin embargo, mientras aplicaba cuidadosamente el espray, se detuvo a inspeccionar los tallos vacíos. Sus ojos se entrecerraron. No había en absoluto marcas de garras en la corteza, ni restos a medio comer en el suelo, ni piel picoteada en el cultivo circundante. Los tallos no estaban desgarrados ni masticados; se habían roto limpiamente con un tirón quirúrgico hacia arriba. Los animales no cosechaban con tanta precisión, ni dejaban el delicado follaje completamente intacto. Con una certeza escalofriante, Mary se dio cuenta de que no estaba tratando con una plaga. Un humano le estaba robando sistemáticamente su premio.