Un olor nauseabundo le hizo creer que su vecino ocultaba un oscuro secreto. Cuando por fin miró dentro, la verdad le hizo llorar los ojos

Arthur acercó la cara al sucio cristal, protegiéndose los ojos del resplandor de la linterna. Dirigió el fino y potente haz a través de la suciedad. Dentro, el garaje era una caverna de sombras. Herramientas oxidadas colgaban de ganchos como herramientas medievales. Pero en el centro del suelo, asentada directamente sobre una enorme mancha oscura que cubría el hormigón, había una forma grande e irregular envuelta en una pesada y polvorienta lona azul. El exudado negro parecía originarse justo debajo de ella.


De repente, un brillante destello de luz atravesó la oscuridad procedente de la casa de al lado. El haz de una linterna se movía detrás de la ventana de la cocina de Henderson. Había alguien dentro de la casa. El pánico se apoderó de él. Arthur tropezó con la caja, dejó caer el portapapeles al suelo y volvió a ciegas a través de la valla rota, cayendo sobre su propio césped justo cuando la puerta trasera de la casa de Henderson empezaba a abrirse con un chirrido.